Geografía de un encuentro: Ver el mar, verme yo
Todo comenzó a unos minutos del mar, saliendo del Bungalow Costa Ayala , donde me hospedaba para comenzar la espectacular belleza donde la arena se rinde ante el mar, me adentré en la selva. Allí, el verde profundo de palmeras y enredaderas se deja atravesar por cascadas de sol que se filtran entre las ramas. Avancé con la alerta encendida, como una mecha, recorriendo un camino hecho de pasos inciertos, vistas espectaculares y silencios que solo la naturaleza sabe otorgar. Movida por esa esencia «extrema» que me habita, agarré camino sola: sin compañía, sin señal y sin más dirección que mi propio instinto. Solo escuchaba mis propios pasos en un sendero donde nadie iba ni venía. Con los oídos aguzados, mi mente jugaba a transformar el aleteo de las aves en el siseo de una cascabel; un recordatorio de que, después de todo, sin el miedo no seguiríamos aquí . Hubo un momento en que el sonido del mar se alejó y la duda apareció: «Hasta aquí», me dije, pensando en la preocupación...








